Gran parte del atractivo de esta bodega se debe a su ubicación: bajo la peña de San Pelayo, un macizo de piedra que reposa sobre una serie de terrazas naturales con unas vistas espectaculares sobre la Sierra Cantabria de donde proviene el cierzo, un viento frío ideal para refrescar bodegas. Así pues, lejos de competir con ella, el edificio debía quedarse a sus pies y servirle de zócalo.
La Rioja Alta consta de un paisaje claramente domesticado por el hombre, formado por incontables terrazas de vid. De ahí que la bodega se conciba como una prolongación de dichas terrazas. Los taludes se dibujan como líneas quebradas que se estiran y adaptan para formar la estructura. Los muros de la cota 0 se adentran hasta el núcleo, generando una gran plaza de entrada. Las pendientes del siguiente nivel se transforman en una larga fachada fragmentada que gira al sur y alberga en su interior otra plaza elevada. Finalmente, el último recoge el quiebro de los taludes bajo la piedra y se remata con grandes huecos en sus extremos que iluminan las salas inferiores. Los tonos secos de la vegetación se convierten, de este modo, en muros de hormigón que hacen de contención y de contenedor de la construcción. Ésta se funde con el terreno gracias a unas cubiertas vegetales plantadas con tomillo autóctono como si se tratara de un viñedo y que, además, aportará aromas interesantes. Mirando el paisaje desde la piedra de San Pelayo, la bodega desaparece.
Piel y estructura se unen en este proyecto, con una función de muro portante y de contención. El material utilizado es el hormigón y se exhibe con sus cicatrices, evitando una imagen de perfección y asepsia respecto a la rugosidad del entorno. A la vez, la luz especial del lugar lo convierte en luminoso, casi blanco, con unos surcos horizontales a modo de gran sillería –formados en el encofrado mediante junquillos de madera de sección triangular–.
El pavimento interior, de basalto pulido, ofrece un fondo oscuro que contrasta con la claridad de los paramentos verticales blancos de las zonas sociales. Se aplica un entarimado de roble macizo en la escalera del hall y en el altillo, que aporta una nota de calidez a ese espacio social. Dicho altillo permite al visitante observar las salas de tinos y de barricas, sin interferir en las labores de la vendimia. El área de degustación se ubica en el extremo sur, con vistas cruzadas al castillo de San Vicente y a la sierra.
La organización de la bodega mima al producto desde su entrada hasta su salida. Su composición en terrazas permite trabajar por gravedad, pero no de forma abrupta, sino suave y natural. Así, en el primera nivel se produce la llegada y la selección de la uva, el volcado de la misma en tinos de roble, su fermentación, el trasvase del vino y, por último, la fermentación maloláctica; mientras que en el 0 se realiza su trasvase a barricas, la crianza, el coupage en tinos de acero inoxidable y el embotellado.
En definitiva, cada espacio refleja una atmósfera diferente acorde con las necesidades del gran protagonista: el vino. Todo se articula en torno a un patio central con una reproducción de Los Borrachos de Velázquez como telón de fondo de la plaza de entrada.
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