La oficina principal de Caja Navarra en Bilbao ocupa varias plantas en la parte baja del edificio Don Diego López de Haro, frente a la sede del BBVA. Anteriormente habitado por otra entidad bancaria, su excelente ubicación prima en la elección de este local, pese a sus desfavorables características intrínsecas: su fragmentación en varios espacios a distintos niveles y unas fachadas de gran opacidad, sobre las que no es posible intervenir por estar protegidas en el plan general. Todo ello resultaba contradictorio con la filosofía de las nuevas oficinas “cancha”, que apuestan por la diafanidad y la continuidad espacial y aspiran a convertirse en pequeños centros cívicos de barrio, más allá de los usos habituales del negocio bancario.
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La oficina principal de Caja Navarra en Bilbao ocupa varias plantas en la parte baja del edificio Don Diego López de Haro, frente a la sede del BBVA. Anteriormente habitado por otra entidad bancaria, su excelente ubicación prima en la elección de este local, pese a sus desfavorables características intrínsecas: su fragmentación en varios espacios a distintos niveles y unas fachadas de gran opacidad, sobre las que no es posible intervenir por estar protegidas en el plan general. Todo ello resultaba contradictorio con la filosofía de las nuevas oficinas “cancha”, que apuestan por la diafanidad y la continuidad espacial y aspiran a convertirse en pequeños centros cívicos de barrio, más allá de los usos habituales del negocio bancario.
Por ello, ha sido preciso eliminar todas las compartimentaciones y realizar alguna reforma estructural para comunicar visualmente las estancias. Así, los dos niveles de la planta de acceso se enlazan con una nueva y amplia escalera metálica, que otorga una mayor ligereza e independencia formal a ambas plataformas, que parecen flotar en el espacio, y que permite entrever el semisótano, de uso igualmente público, cuya comunicación con la parte superior se extiende también a través de un gran vacío situado a la derecha, donde se ubican la escalera circular y el ascensor existentes, a los que se ha dotado de una mayor transparencia al cerrar con vidrio el hueco de este último. En esa zona de doble altura, sobre cuya pared achaflanada se proyectan vídeos, pueden realizarse reuniones y actividades públicas. El resto de la planta, que dispone de salida a la calle posterior, está ocupada por despachos y puntos de reunión y encuentro, que permiten conversaciones en ámbitos con distintos grados de formalidad y privacidad. Los desniveles que allí había, convenientemente redefinidos en sus alineaciones, ayudan a separar esos ámbitos. En definitiva, el ejercicio proyectual consiste en hacer de la necesidad virtud, superando las dificultades que el local presentaba.
En el piso superior se sitúa el mostrador de atención rápida, así como los servicios de información y mediateca y una zona infantil. Un segundo nivel de sótano, de menor superficie, se destina a uso interno.
Los materiales repiten las pautas ya fijadas para las oficinas de Caja Navarra, en las que el rojo y el blanco, en esa combinación de gran fuerza y atractivo visual, se incorporan de forma casi obvia como señas de identidad. La moqueta roja se extiende por las dependencias y ayuda al acondicionamiento acústico de un recinto tan poco fragmentado. Los falsos techos tienen esa misma misión, junto con la de ocultar las instalaciones. Son de lamas blancas en la planta superior y de placas de virutas de madera pintadas en la inferior por no disponer de altura. Los paramentos verticales de formica, también blanca, integran todos los armarios necesarios. Las particiones de los despachos son de vidrio con imágenes corporativas en vinilo.
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