Nos gustan los restaurantes que cambian: que cada vez que vas son diferentes, que cambian con tus emociones, con el tipo de encuentro que deseas, con el ambiente que tu quieres recrear... (detestamos los comederos). Nos gustan los lugares que hablan del lugar donde están, del clima en el que se ven envueltos, de lo que hay al lado. Nos gustan los restaurantes que tienen rincones apropiables, habitáculos que pueden hacerse a la medida de cada uno, rara vez los hemos encontrado, quizás por eso aceptamos el reto de hacer un restaurante en un merca’o.
Los argumentos, siempre los mismos. Metáforas abstractas relacionadas con lo que ocurre alrededor del proyecto, el cliente, el lugar y el uso. En este caso, la utilización de elementos relacionados con la cocina-comida-mercado sacados de contexto y ofrecidos y expuestos como los cuadros de Warhol: botellas vacías (o bebidas), cacerolas y tablas de carnicero, no como simples láminas, sino arquitecturizadas (si es que existe el vocablo), es decir, celosía de botellas de vidrio verde, luminarias y techos acústicos de calderetes y mesas, bancos y suelos de tablas de carnicero.
Esencialmente, se persigue crear una atmósfera cálida, entrañable, sobria, atemporal, cambiante, elegante y un tanto oriental (por el baño de la luz sobre los tejidos), donde la luz puede acentuar el día y la noche, la fiesta y la intimidad, pero que tiña los platos y no lo bañe, indiscriminadamente, todo.
El restaurante ocupa dos plantas: la primera conectada con el mercado y la segunda en el semisótano. La escalera organiza la entrada desde la calle a modo de descansillo central. Se ofrecen también dos espacios, dos modos diferentes de estar: uno cotidiano, abierto, flexible, vinculado a las circulaciones del exterior y del propio mercado y que articula los recorridos y los accesos a través del bar; y otro más profundo, austero, conectando su atmósfera con el concepto de bodega, de lugar bajo tierra (exponiendo la cimentación del propio edificio) y brindando un receptáculo reposado, sereno y más tranquilo.
Dichos espacios se definen mediante cortinajes: los que van en dirección paralela a la luz se confeccionan de terciopelo (buena resolución acústica y óptimo tacto); y los que están en sentido ortogonal dejan pasar la luz y se comportan como grandes velos que insinúan visuales. Una escenografía casi teatral diluye el entorno de la actuación (no existe tabiquería, ni concepto de caja cerrada), generando una ambigüedad buscada entre una sucesión de rincones velados.
La conexión con el exterior, con la calle y el mercado se produce a través de filtros: peceras de vidrio rellenas de botellas verdes filtran la luz y las vistas. El techo acanalado, como una gran superficie ranurada, y oscuro acentúa y acompaña los espacios mediante gestos ondulantes que ordenan una réplica geométrica de lo que va sucediendo en el suelo (barra de bar, mesa alta, banco...).
En cuanto al mobiliario, al igual que existe una variedad de ambientes, las mesas refuerzan los diferentes modos de estar, bajas, altas, grandes y pequeñas, cuadradas y alargadas... y lo mismo le sucede a la manera de sentarse: sillas, bancos corridos, bancos altos o bajos, individuales y compartidos conforman los diferentes modos de comer. Los objetos situados sobre alfombras de madera (mesas y bancos) unifican el color y la textura mediante la utilización masiva de tableros de iroko alistonado.
Finalmente, el cerebro occidental está educado para valorar todo objeto situado dentro de una urna de vidrio. Así, pilares, bajantes, muros, cimentaciones... se ven envueltos en urnas de vidrio transparente, mostrándose como son y reflejando el entorno.
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