Nos gusta imaginarnos un museo arqueológico como un cofre denso que, como todo cofre, esconde en su interior el tesoro que, pieza a pieza, la historia nos ha querido dejar. No se trata de una historia cualquiera, al menos no sólo de la científica de los expertos, ya que esa no suele dejar lugar a la imaginación y casi siempre se termina en sí misma. Nos gusta pensar en una más nuestra, que no finaliza nunca, porque en ella tan importante como la pequeña o gran pieza encontrada bajo el suelo es la mirada de la persona que la contempla. Una mirada caprichosa que depende más de lo que queremos ver que de lo que vemos. Por eso, el pequeño cofre, denso y hermético por fuera, ha de ser sugerente y mágico en el interior.
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Nos gusta imaginarnos un museo arqueológico como un cofre denso que, como todo cofre, esconde en su interior el tesoro que, pieza a pieza, la historia nos ha querido dejar. No se trata de una historia cualquiera, al menos no sólo de la científica de los expertos, ya que esa no suele dejar lugar a la imaginación y casi siempre se termina en sí misma. Nos gusta pensar en una más nuestra, que no finaliza nunca, porque en ella tan importante como la pequeña o gran pieza encontrada bajo el suelo es la mirada de la persona que la contempla. Una mirada caprichosa que depende más de lo que queremos ver que de lo que vemos. Por eso, el pequeño cofre, denso y hermético por fuera, ha de ser sugerente y mágico en el interior. El espacio que contiene no puede limitarse a un espacio ordenador, ni a un juego de arquitectura bella pero distante, debe ser capaz de evocar lugares y gentes a partir del reducido fragmento de cerámica que, más poderoso que la roca, ha logrado sobrevivir para hablarnos de la fragilidad del tiempo.
En las salas de exposición permanente, los planos horizontales son muy oscuros. El suelo de madera de “palo” casi negra y el techo continuo, también negro. Ésta es la caja que nos remite al tiempo, concentrado en las capas de tierra que durante años, una tras otra, han ido conformando ese muro espeso que es la historia. Pero estos espacios están atravesados por unos prismas de vidrio blanco en torno a los cuales se organiza la exposición de las piezas. Por ellos resbalará la luz procedente de la cubierta durante el día y llevarán incrustados, entre capa y capa, gráficos e información que expliquen los objetos, cuya luz evocará la aventura de la interpretación.
El edificio se configura a partir del contexto y de la continuidad que establece con el anejo Palacio de Bendaña, actualmente museo de Naipes Fournier. El acceso principal tiene lugar a través del mismo patio que conduce a dicho palacio y que permite entender el conjunto. Con objeto de ampliar la superficie de ese patio y dignificar con ello la entrada, la propuesta renuncia a ocupar toda la superficie planteada. Únicamente, se utiliza una estrecha franja que se construye como si fuera un apéndice perpendicular al volumen principal y cuya misión es, amén de contener usos de apoyo, ofrecer una fachada más digna que la representada por el medianil de las construcciones colindantes. Dado el desnivel de la parcela, se llega desde el patio a través de un puente emplazado sobre un jardín, que da luz a las funciones del nivel más bajo que, de otra manera, quedarían sin iluminación natural.
Funcionalmente, el museo se organiza proyectando las áreas de trabajo, al igual que la biblioteca y los talleres, en la planta baja, orientada a la calle con un desnivel más bajo y con entrada independiente. En la de acceso público, se localiza el salón de actos y la sala de exposiciones temporales y en el resto, las exposiciones permanentes. La escalera principal, que comunica los distintos pisos, configura parte del alzado hacia el patio de entrada. Los muros envolventes son en realidad espacios de varias capas. La fachada que define dicho patio presenta, al exterior, un enrejado de piezas de fundición de bronce, un material que establece claras conexiones con lo arqueológico. En medio, un muro de dos pieles de vidrio serigrafiado contiene la escalera principal que permite, a la vez que se asciende, contemplar ese patio. Por el contrario, el frente que da a la calle baja es más hermético y se constituye mediante una primera capa de prefabricados de fundición de bronce, más opaca en esta ocasión, con aberturas allí donde se considera necesario; y otra interior formada por un muro ancho que contiene expositores e instalaciones, siendo totalmente registrable. De esta manera, las estancias de exposiciones quedan liberadas y sólo cruzadas por los prismas traslúcidos de luz.
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