El mercado de la Ribera se construyó en el lugar donde, desde siempre, los comerciantes bajaban a vender sus productos. Inicialmente era al aire libre hasta que, hacia 1870, se cubrió con una tejavana. No obstante, a finales del XIX se ejecutó una construcción de corte modernista que permaneció hasta 1928. Un año después, se erige el edificio actual diseñado por el arquitecto bermeano Pedro Ispizua con un estilo ecléctico, donde combina un trazado neoclásico con una base constructiva racionalista, que se inserta con dificultad en la trama urbana, implantado en un solar, tal vez, demasiado estrecho.
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El mercado de la Ribera se construyó en el lugar donde, desde siempre, los comerciantes bajaban a vender sus productos. Inicialmente era al aire libre hasta que, hacia 1870, se cubrió con una tejavana. No obstante, a finales del XIX se ejecutó una construcción de corte modernista que permaneció hasta 1928. Un año después, se erige el edificio actual diseñado por el arquitecto bermeano Pedro Ispizua con un estilo ecléctico, donde combina un trazado neoclásico con una base constructiva racionalista, que se inserta con dificultad en la trama urbana, implantado en un solar, tal vez, demasiado estrecho.
Actualmente, cuenta con tres plantas y ocho torreones de doble altura, dispuestos en el perímetro. Está compuesto por dos naves principales, que se unen mediante un cuerpo central cuadrangular con un lucernario que marca su máxima altura. Cada una de ellas está flanqueada por cuatro torreones que las separan de las zonas semicirculares y que rematan la planta a ambos lados. Con el paso de los años, se llevaron a cabo varias reformas, la última en 1983 después de las inundaciones, que modificaron sus aspectos cromáticos originales, pero manteniendo toda su potencia sobre la ría.
Sin embargo, tras varios estudios que revelaron la existencia en el edificio de patologías estructurales irrecuperables, resulta obvio que debía demolerse parcialmente, aunque podían conservarse los torreones y el ábside oeste.
Así pues, en un primer momento y con el fin de albergar el mercado de forma provisional, se refuerza la estructura del ala de La Merced. A continuación, se estabilizan seis torreones y los pórticos principales de la fachada y se reconstruyen totalmente el ala de San Antón y el espacio central para trasladar ahí los puestos mientras se ejecuta de nuevo La Merced. Asimismo, se recuperan los ingresos frontal y longitudinal y se eliminan los derrames laterales de las escaleras de la calle Ribera mejorando, de este modo, la entrada, ya que se adecua a los usos previstos, al tiempo que gana en imagen y claridad.
Si bien el origen de esta actuación se centraba en la habilitación del semisótano para destinarlo a carga y descarga, con esta intervención también se consiguen otros objetivos: su adaptación a la normativa; la devolución de la luz natural al interior del mismo y el derribo de las obstrucciones visuales; la modernización de las instalaciones; la incorporación de cierres transparentes en la fachada eliminando aquellos elementos no originales y respetando su imagen primitiva; y la mejora de su relación urbana con el bloque de la calle Ribera, generando un espacio entre ambos que descubre el alzado lateral de San Antón, a la vez que aparece otro que sustituye al ábside y que abre dicho lateral, aportando luz e interacción con el exterior y con los flujos peatonales.
La Ribera se concibe como una construcción semi-abierta, lo que permite armonizar la precisa e intensa renovación del aire con la adecuación climática de los distintos espacios. Es decir, los estáticos –permanencia fija de personas– se tratan con mayor control térmico que los dinámicos –circulaciones de usuarios–, en los que las necesidades son menores. Destacan, por tanto, las características epidérmicas de su envolvente, entendiendo esta piel no meramente como un cierre, sino como un intercambiador exterior-interior de luz, aire, temperatura, visuales..., además de su componente de imagen. Por otro lado, con los años el mercado se había ido poco a poco oscureciendo, por lo que se le devuelve la luz natural y se eliminan las obstrucciones visuales, de modo que las interacciones de dentro a fuera se potencian, garantizando su protección frente a la radiación solar.
En cuanto a las circulaciones, la vertical resulta de fácil e inmediata visualización, al igual que la horizontal, donde se emplea un esquema articulado mediante pasillos o calles a lo largo de los puestos de venta que llevan al visitante hacia el nuevo muro cortina de San Antón y al espacio central. Las escaleras mecánicas, estratégicamente ubicadas, aseguran el buen funcionamiento del flujo de clientes.
Finalmente, la apertura de un hueco en la segunda planta conforma una comunicación espacial entre los niveles abiertos al público, potenciando la centralidad del inmueble. Asimismo, se diseña un atrio que funciona como distribuidor y como soporte para eventos especiales dentro del propio recinto.
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