Este proyecto forma parte de un centro educativo que ha ido creciendo y desarrollándose según surgían nuevas necesidades y que actualmente consta de cinco construcciones destinadas a uso escolar. Desde 1969, se han agregado volúmenes al núcleo inicial sin un planeamiento global, de forma que el único aglutinador es el ladrillo caravista rojo. Destaca la actuación de Rafael Echaide, a finales de los setenta, con un bloque administrativo y de servicios centrales diseñado mediante una serie de gestos que le aportan una identidad propia.
En el año 2000 se inicia en Irabia el ciclo de infantil con una pequeña edificación y cuya ampliación da paso a este proyecto. El viejo inmueble genera las alturas y la posibilidad de crear, en la planta inferior, un gran espacio vacío y libre de uso que, a su vez, permite al volumen “flotar” frente al marcado zócalo existente. A esta decisión se le une la de desplazar una sobre otra las distintas alturas, partiendo así la fachada de la calle, lo que le aporta ligereza y contribuye a resaltar el volado frontal de hormigón que alberga la capilla. Todo ese frente de luz se protege con un enrejado de trámex corredero, al igual que el que se sustituye en el piso superior del colegio.
En cambio, la respuesta a la zona del patio, a las instalaciones deportivas, es totalmente distinta. Por un lado, resulta necesario obtener luz y, por otro, mantener su intimidad, por lo que se opta por el U-glass como cerramiento principal matizado por un volumen cerámico en vuelo, bastante bajo respecto a la cota del patio, que rompe el plano vítreo y alberga los despachos, las salas de visitas y los aseos, así como los patios de iluminación y ventilación. Por último, como remate a esa superficie de vidrio y como contacto con el centro existente se diseña el cuerpo de la rampa, de caravista, contundente y a su vez sensible respecto al ladrillo primitivo, que lo matiza y lo revaloriza. Asimismo, provoca un porche de protección y de encuentro.
El edificio se desarrolla en dos plantas, además de una tercera en semisótano, produciéndose el acceso desde el ya construido. Obviamente, las comunicaciones quedan determinadas por esa entrada lateral en un inmueble de marcada componente lineal: el vestíbulo, que ocupa parte de la planta baja, se convierte en una bolsa espacial de conexión y articulación de las estancias generales, en un lugar de referencia forrado de madera. Aquí también se encuentran las salas de apoyo y de uso común (salón de actos y capilla), junto con las aulas de los niños más pequeños. Además, como otro bloque exento se disponen los despachos y sus patios de iluminación y de apoyo al porche del nivel inferior.
La planta elevada se retranquea, generando el paso al resto de las aulas dispuestas de forma longitudinal con una doble altura, que aporta carácter al interior. Se comunica con la otra construcción mediante un “puente” con celosía. En el sótano se crea un patio de juegos cubierto, con un núcleo de ladrillo caravista destinado a comedor y a aseos de apoyo.
El nuevo centro se conforma a partir de la sección del mismo: base liberada de contenido; planta baja con una pieza significada al exterior de hormigón destinada a la capilla y un pabellón de caravista que responde al patio; y otra elevada volando sobre la anterior. Volúmenes todos surgidos a partir del ladrillo de los elementos laterales y de la fachada trasera, acabados en chapa galvanizada perforada en la principal. La rampa de comunicación entre las distintas alturas se utiliza, estratégicamente, para delimitar la intervención y diferenciarla de la original.
Así, dos son las respuestas del edificio: una al patio mediante una forma lineal, una escala contenida y una marcada volumetría de vidrio y ladrillo con la rampa como frontera, mientras que a la calle se muestra de manera escalonada y gradual, flotando sobre los apoyos del porche con una piel de chapa perforada que tamiza las vistas y protege las aulas.
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